La competencia entre Marruecos y Argelia por convertirse en el principal corredor del gas nigeriano hacia Europa ha dejado de ser un proyecto técnico para transformarse en una cuestión estratégica de primer orden. En el centro de esta dinámica se encuentra una pregunta fundamental: ¿quién controlará el principal puente energético entre África y Europa en las próximas décadas?
Nigeria, país con una de las mayores reservas de gas del continente africano, se ha convertido en una pieza central de la seguridad energética regional y europea. Con reservas probadas superiores a los 200 billones de pies cúbicos (Tcf) —equivalentes a más de 5,5 billones de metros cúbicos—, el país dispone de un enorme potencial exportador, aunque históricamente limitado por insuficiencias de infraestructura.
La urgencia europea por diversificar proveedores energéticos tras la reducción de la dependencia del gas ruso ha acelerado el interés por nuevas rutas de abastecimiento. En este contexto, tanto Marruecos como Argelia buscan posicionarse como socios energéticos indispensables para Europa.
Por un lado, Argelia impulsa el Gasoducto Transahariano Nigeria–Níger–Argelia (TSGP), un proyecto de aproximadamente 4.128 kilómetros y una capacidad prevista de 30.000 millones de metros cúbicos anuales. Su principal fortaleza radica en que Argelia ya dispone de una infraestructura consolidada de exportación hacia Europa, incluidos gasoductos y terminales de gas natural licuado.
La lógica argelina es esencialmente económica y estratégica: aprovechar infraestructuras existentes para reducir costes y reforzar su papel como actor energético clave en el Mediterráneo.
Marruecos, por otro lado, propone un enfoque distinto a través del Gasoducto Nigeria–Marruecos, un megaproyecto atlántico de entre 6.000 y 7.000 kilómetros, que atravesaría alrededor de 13 países de África occidental antes de conectar con Europa.
Más allá de la exportación, Rabat presenta este proyecto como una herramienta de integración regional destinada a impulsar el acceso al gas, la electricidad y la industrialización en África occidental.
En consecuencia, la disputa actual no gira únicamente alrededor de quién transportará el gas, sino de qué modelo de integración energética prevalecerá: uno concentrado y directo o uno regional y de largo alcance.
El gas nigeriano ya no es solamente un recurso energético; se ha convertido en un instrumento de influencia política, diplomática y económica.





